Conoces a alguien. Te ilusionas. Te entregas en cuerpo y alma en esa relación, pero sin saber muy bien cómo, la historia de amor acaba fracasando. Y así una y otra vez. Como si te dieras de bruces con el destino.
Desconoces el motivo, pero acabas con demasiada frecuencia con personas que no terminan de dejar claras sus intenciones o lo que quieren, que te dicen que no se sienten preparad@s para dar el siguiente paso o no quieren comprometerse y formalizar la relación. Encadenas este tipos de relaciones dañinas en las que reinan la confusión y la incertidumbre sobre hacia dónde va vuestro futuro como pareja.
Con ello, mueren las expectativas de un proyecto de vida compartido como, por ejemplo, la ilusión de formar una familia. Si miras a tu alrededor, parece que otras personas de tu entorno, si parecen conseguirlo. Y aquí te preguntas:
“¿Por qué yo no?”. “¿Hay algo malo en mí que hace que nadie se quede a mi lado?”. “¿Tengo una tara?”. “¿Qué me falta?”. “¿Qué es lo que hago mal?”. “¿Quizás este sea mi destino?”...
Es muy desesperanzador y frustrante porque, a pesar de todos tus esfuerzos, no consigues que funcione ni qué hacer para evitar el triste desenlace. Así es fácil sentirse ansios@, insegur@ y culpable por ello. Como si “no valieras” para estar en pareja.
A lo largo de esas relaciones, es posible que hayas tenido la sensación de no ser suficiente para esa persona. Y que, con frecuencia, te hayas sentido rechazad@, abandonad@ y poco valorad@ o querid@ por ella.
Crees que das más de lo que recibes. No te sientes cuidad@ ni que cubra tus necesidades. Y, por desgracia, te tienes que conformar con las migajas que te da porque piensas que no vas a encontrar nada mejor. No sientes que seas una prioridad en su vida. Que importes. Aunque siempre te muestres atent@ y disponible para esa persona.
Convives con el miedo a que te deje. Crees que, si te conoce de verdad, no querrá quedarse a tu lado. Piensas que quizás te falten cualidades. Por eso, te esfuerzas tanto y vas con pies de plomo. Piensas mucho cada paso que das. No hay lugar para la espontaneidad y para dejarte llevar. Tus necesidades en la relación pasan a un segundo plano y priorizas las suyas. Tienes miedo a expresar lo que sientes por esa persona o lo que quieres y necesitas en la relación por si las cosas se tuercen entre vosotr@s.
Estás pendiente e hipervigilante a todos sus movimientos y al menor indicio de que algo no funciona. Como tardanza a la hora de responder a tus mensajes, falta de iniciativa para hacer planes junt@s, etc.
Cuando percibes esa falta de interés por su parte, lo vives con mucha ansiedad y nerviosismo. Cuestionándote si sus sentimientos hacia a ti han cambiado.
Esa distancia entre vosotr@s, la vives como un rechazo hacia ti y piensas que algo has hecho mal que debes reparar enseguida. En otras ocasiones, le demandas más atención, le ignoras o te enfadas para ver si reacciona y cambia su comportamiento hacia ti.
Si nada cambia, llega el fin de la relación que supone la decepción y la confirmación de todos tus miedos. De que acabaras sol@ y nunca conocerás a alguien, y si lo haces, saldrá mal.
Pero suele estar mal enfocado. A veces, lo que tiene que ver contigo no es tanto todo lo anterior, sino desde donde estás eligiendo a esas personas que no pueden o no quieren comprometerse contigo.
Y esa es la clave. Porque quien no está receptiv@ a tener una relación estable, por mucho que lo intentes, seguirá sin estarlo.
El amor o la voluntad de querer que funcione es un buen punto de partida, pero por sí mismo, no es suficiente.
Para construir una relación bonita, sana y duradera, es necesario que los dos estéis dispuest@s a adquirir ese compromiso y realizar los esfuerzos necesarios para que funcione. Eso también implica invertir de manera consistente en la relación a lo largo del tiempo. Así que asegúrate de que tanto tú como la pareja que elijas entendéis bien esto y deseáis asumirlo.
Para ello, voy a contarte algunas claves que harán que puedas mantener una relación sana y duradera con alguien.
Antes de embarcarte en una nueva relación, un buen punto de partida es empezar a conocerte mejor. Quién eres y qué necesitas más allá de estar en pareja. En trabajar en tus heridas emocionales que arrastras y te condicionan sin darte cuenta.
Aprender a disfrutar de estar contigo mism@, aprender a valorarte, cuidarte, quererte mejor y poner el foco en tus necesidades personales o en aquellas cosas que te hacen bien. Es decir, tener espacio en tu vida para tenerte en cuenta a ti mism@.
Ya que, si asumes la responsabilidad de tu propio bienestar, no lo volcarás por entero en la persona que llegue a tu vida. Valorarás el tener una pareja como algo deseable para ti y no como una condición absolutamente necesaria para tener una vida satisfactoria. Y cuando tengas pareja, disfrutarás de ella con menos miedos.
¿Qué condiciones son necesarias para que tú estés a gusto con alguien?
Identificar mejor estas necesidades emocionales y relacionales, te ayudará a tener más claro lo que puedes ofrecer a la otra persona y lo que necesitas que ese alguien te aporte a ti para luego comunicárselo con mayor claridad.
También te ayudará a identificar con más facilidad las señales que pueden estar indicando que esa relación que inicias quizás no sea la más conveniente para ti, dejar claros tus límites y a decir no a aquellas personas que no pueden proporcionarte lo que necesitas.
En definitiva, tener claro lo que quieres para protegerte de lo que te hace daño.
Asegúrate de estar emocionalmente disponible para empezar con buen pie la nueva relación.
Necesitas aprender antes a estar bien contigo mism@, para luego poder estarlo con otra persona. Recuerda que a ti te vas a tener siempre.
Si intentas llenar el vacío que ha dejado esa persona en ti a través de otra relación, este solo se incrementará y corres el riesgo de reproducir los mismos errores que en tus relaciones anteriores al no producirse el aprendizaje necesario para evitarlo. Un clavo no saca a otro clavo. Si necesitas ayuda para superar la ruptura puedes consultarme.
Muchas veces no decimos nada porque “no somos pareja estable”, o “no somos nada”. Decirle al otro lo que sentimos por él o ella puede hacernos sentir muy expuest@s o vulnerables. Da miedo decir “me siento muy a gusto contigo”, “me lo paso muy bien a tu lado” o el gran temido “te quiero” por si lo dices demasiado pronto y eso hace que el otro se eche para atrás. Cuando en realidad, esto ayuda a estrechar y a afianzar los lazos afectivos, a saber en qué punto estáis en la relación y facilita también que la otra persona se abra contigo. Si esto, le hace salir huyendo, plantéate que quizás el problema no está tanto en ti sino en el otro.
Si expresar sentimientos positivos puede resultar difícil, mostrar los negativos puede serlo aún más. Pero si algo no va bien para ti, es importante que lo manifiestes. Ten muy presente que, aunque no seáis una pareja formal, sois dos personas que comparten un vínculo, sea del tipo que sea, la etiqueta es lo de menos. Pueden ocurrir cosas que igualmente te duelan y es importante ponerlo encima de la mesa para aclararlo o resolverlo. Recuerda que tienes derecho a expresar tu malestar siempre.
Lo enlazo con lo anterior. En una relación sana también hay desencuentros y situaciones incómodas. Parece de cajón, pero a veces no es lo es tanto. Me parece que cuando hablamos de establecer relaciones sanas, a veces, se tiende a esperar que todo vaya sobre ruedas. No hay espacio para el desencuentro o el conflicto. A pesar de que este es inevitable y se va a producir en algún momento.
Podemos tratar de prevenirlo hasta cierto punto, pero cuando sucede, es mucho más importante lo que hagas después. La capacidad de rectificar, reparar el daño ocasionado, hacer autocrítica y reconocer los errores, es tan o más importante que aquello que ha ocurrido por sí mismo.
Una relación sana es una relación tranquila y segura en términos generales. Un refugio emocional donde los conflictos se perciben como oportunidades de cambio y crecimiento, para comunicar o expresarnos. Y no para herir al otro, sino para resolver los problemas como equipo.
Tengo que poder percibir en esa relación, que puedo enfadarme o entristecerme sin miedo a que esto suponga una amenaza para el otro o nos lleve a la inevitable ruptura del vínculo.
Amb@s se esfuerzan en trabajar para que la relación funcione. Hay cierta estabilidad emocional, porque tengo la confianza en mí y en la otra persona de que podemos resolver ese problema y de que tenemos la suficiente capacidad para llegar a un punto de encuentro, en el que “yo estoy bien” y “tú estás bien”. Confiamos en nuestras posibilidades. Y dejamos atrás la vieja sensación de ir siempre con miedo y con pies de plomo.
Si cuando empiezas a conocer a alguien, este no es claro en sus intenciones, te da largas, cuando le preguntas echa balones fuera (“ya iremos viendo…”), te da una de cal y otra de arena y sus palabras no acompañan a sus acciones o se contradice constantemente…
Esto es una manera de decirte que no quiere ningún compromiso (probablemente ni contigo ni con nadie). En mi experiencia, lo que suele ocurrir aquí es que la otra persona tiene un bloqueo emocional que le impide intimar e implicarse de manera profunda en una relación. Se sienten más cómod@s en relaciones superficiales que no les suponga mucho esfuerzo mantener y en las que no se sientan atrapados ni que coartan su libertad. Se protegen del miedo a que les hagan daño, no adquiriendo ningún compromiso con nadie. Pero, al mismo tiempo, en el fondo si desean una conexión con el otro, por eso, dan lo justo para mantenerte ahí.
Otros directamente no tienen ningún tipo de interés y achacaran tu decepción a tus expectativas, para seguir haciendo lo que quieren sin asumir ningún tipo de responsabilidad afectiva en la relación.
En cualquier caso, si para que el otro esté bien, tú te ahogas. Algo falla.
Estas son señales claras de que no hay un comportamiento coherente ni predecible, por lo que es natural que esto te genera confusión, desconfianza y ansiedad al no saber qué puedes esperar del otro. No lo ignores ni lo dejes pasar. Confróntale, y si no funciona, puede que sea el momento de poner tierra de por medio para no involúcrate en una relación de idas y venidas constantes. Si a pesar de que sabes que te hace daño, no puedes dejarlo ni cómo salir de ahí, pide ayuda. Recuerda que mereces sentirte segur@, bien tratad@ y cuidad@ en una relación. Creer que mereces algo, es la base para poder recibirlo.
Suena a tópico, pero es que esforzarte por agradar al otro continuamente, de verdad que no hará que se quede. Al menos no a largo plazo que es lo que te interesa. Es mucho mejor si la otra persona acaba quedándose porque le gusta realmente como eres.
Un inciso. No es ningún crimen que quieras agradar o gustar a alguien que te interesa. Es natural. Pero, si se queda solo por la imagen o la idea que has proyectado de ti, puede que se quede por eso, pero no por ti. Además, no podrás mantenerla por mucho tiempo. A largo plazo es agotador y puede percibirse como muy forzado. Al final caerá por su propio peso, y cuando eso ocurra, será una sorpresa desagradable para ambas partes. El otro puede sentirse engañad@, decepcionad@... y con ello, tú puedes reforzar tu creencia de que no puedes ser querid@ por alguien. Cuando en realidad, más bien se trata de que estás invirtiendo tus energías en el lugar equivocado.
Intentar ser alguien que no eres es renunciar a ti mism@ por esa relación. Y ninguna relación merece la pena si tú te pierdes y dejas de existir en ella.
La realidad es que tú no eres para todo el mundo, ni todo el mundo es para ti, y al mismo tiempo, tú ya eres suficiente para alguien. Recuerda que tú también puedes elegir y no solo ser “elegido” por otros. Si al final resuelta que no te encaja, entonces es que no tenía que ser. Es mejor saberlo cuanto antes para ahorraros mutuamente tiempo, energías y decepciones futuras. La idea es que puedas encontrar a alguien con quien puedas ser y estar libremente.
Si es importante que tú sigas siendo tú dentro de la relación, también lo es que dejes ser al otro como es sin intentar cambiarle. Forzar a alguien a que sea como tú quieres que sea o como a ti te conviene, es hacer lo mismo que te he dicho antes, pero al revés. Si tienes que cambiar tantas cosas de alguien para que te guste o tú estar bien, quizás no sea la persona más indicada para ti, ni tú para él o ella. Si decides quedarte en esa relación, aceptar de manera genuina al otro, es ir en la buena dirección para invertir en un futuro próspero como pareja.
Estos puntos pueden ayudarte a empezar con buen pie en una relación, y en caso de que no salga bien, dolerá, pero ya no tendrá el mismo impacto sobre ti tan destructivo.
Espero que este artículo haya resultado de utilidad. Si lo deseas puedes ponerte en contacto conmigo para que te ayude a entender lo que está interfiriendo en que puedas construir una relación de pareja sana y estable, y así ponerle remedio.
Por Esther Fuentes
Psicóloga sanitaria y psicoterapeuta de adultos